Érase una vez una nube que vi­vía sobre un país muy bello. Un día, vio pasar otra nube mu­cho más grande y sintió tanta envidia, que decidió que, para ser más grande, nunca más daría su agua a nadie y nunca más llovería.

 

Efectivamente, la nube fue creciendo, al tiempo que su país se secaba. Primero se secaron los ríos, después murieron los animales y final­mente las plantas, hasta que aquel país se con­virtió en un desierto. A la nube no le importó mucho al principio, pero se dio cuenta de que al estar sobre un desierto, ya no había ningún sitio de donde sacar agua para seguir creciendo y, lentamente, la nube empe­zó a perder tamaño, sin poder hacer nada para evitarlo. La nube comprendió entonces su error, ahora su avaricia y egoísmo serían la causa de su desaparición, pero justo antes de evaporarse, cuando sólo quedaba de ella un sus­piro de algodón, apareció una suave brisa. La nube era tan pequeña y pesaba tan poco, que el viento la llevó consigo mucho tiempo hasta llegar a un país lejano, precioso, donde vol­vió a recuperar su tamaño.

 

Finalmente, aprendida la lección, siguió siendo una nube pequeña y modesta, pero dejaba lluvias tan generosas y cuidadas, que aquel país se convirtió en el más verde, más bonito y con el mejor arcoíris del mundo.

 

La nube se dio cuenta de la importancia de ser generosa; si entregaba su agua beneficiaba a los ríos, a la tierra, a las personas, a las plantas y, a su vez, ella misma podía seguir viva.

 

En ocasiones, nosotros nos comportamos igual que la nube del cuento, pues no compartimos con los demás lo que tenemos o las cualidades que Dios nos ha dado por envidia, miedo, o flojera; sentimos que si damos nos vamos a quedar sin nada, y no es así, porque entre más ayudamos y compartimos con los demás, nos sentimos contentos y con más ganas, porque siempre hay más alegría en dar que en recibir. Después de reflexionar en esto, ¿a qué conclusión has llegado?